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El nombre de mi madre es Salwa.
Hay un juego infantil popular en el Líbano,
donde una niña pequeña se para en el medio
y los otros niños forman un círculo a su alrededor.
Dan vueltas y vueltas,
cantando, cantando, cantando,
“ Salwa, ¿por qué lloras?
a lo que la pequeña responde “ estoy llorando porque necesito un amigo
” y da vueltas y vueltas y vueltas hasta que agarra a alguien. Ya no llora, ya ves. Ella tiene un amigo, ahora.
El nombre de mi madre es Salwa.
Llora todo el tiempo,
y ciertamente no tiene un amigo.
Madre, madre, madre.
Es imposible escribir sobre Beirut
sin mencionar su mayor catástrofe,
una Medea moderna, loca, loca, loca,
madre.
Mi madre creció con la guerra.
Es imposible saber qué podría haber sido ella
en circunstancias menos desesperadas.
Supongo que sería más exacto decir que
la guerra dio a luz a mi madre.
Se abrió paso a garras
del muslo canceroso de Júpiter,
sonriendo, tosiendo, escupiendo,
la hija de la calamidad.
Mi infancia es un mapa de los intentos
de suicidio de mi madre .
No tengo otros recuerdos.
Mi madre era una mujer muy fuerte.
Siempre hacía falta un ejército de enfermeras para acabar con ella.
Siempre hizo falta más que mi padre para
alejarla de mí, alejarla de mí, por favor, por favor, por favor,
madre.
Algunos días pensaba que la vecina era una bruja.
Algunos días fumaba tranquilamente
y me traía tazones de fresas cortadas.
Mi madre veía cosas que otros no veían,
tenía heridas supurantes por toda el
alma,
como si llevara la miseria,
la historia,
la guerra.
No he visto a mi madre, ni a Beirut, ni al mar,
en mucho tiempo.